«Pues si amáis a los que os aman,
¿qué mérito tenéis?
También los pecadores
aman a los que los aman» (Lc 6, 32).

En este versículo Jesús llama a sus discípulos a imitar a
Dios Padre en el amor. Si queremos ser hijos suyos, debemos amar a nuestro
prójimo del modo como Él ama.
«Pues si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores
aman a los que los aman».
La primera característica, la que más distingue el amor
de Dios Padre, es su absoluta gratuidad. En esto se contrapone radicalmente al
amor del mundo, el cual se basa en la correspondencia y en la simpatía (amar a
quienes nos aman o nos son simpáticos), mientras que el amor del Padre
celestial es totalmente desinteresado: se entrega a sus criaturas
independientemente de la respuesta que pueda llegar. Es un amor cuya naturaleza
es tomar la iniciativa y comunicar todo lo que posee. En consecuencia, es un
amor que construye y que transforma. El Padre celestial nos ama no porque
seamos buenos y espiritualmente bellos, y por tanto merecedores de atención y
benevolencia; al contrario, al amamos crea en nosotros la bondad y la belleza
espiritual de la gracia, convirtiéndonos en amigos e hijos suyos.
«Pues si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los
pecadores aman a los que los aman».

Precisamente por eso el Padre celestial ama también a
esos hijos que son ingratos o rebeldes o están alejados; es más, se siente
especialmente atraído hacia ellos.
«Pues si amáis a los que os aman 7 ¿qué mérito tenéis? También los pecadores
aman a los que los aman».
Comportándonos como verdaderos hijos del Padre celestial,
es decir, imitando su amor, sobre todo en las características que hemos
subrayado: la gratuidad y la universalidad. Procuraremos amar tomando la iniciativa,
con un amor generoso, solidario, abierto a todos, especialmente hacia los
vacíos que podemos encontrar a nuestro alrededor. Trataremos de amar con un
amor despreocupado de los resultados. Nos esforzaremos en ser instrumentos de
la liberalidad de Dios haciendo partícipes a los demás de los dones naturales y
de la gracia que hemos recibido de Él.
Dejándonos guiar por esta Palabra de Jesús, veremos con
ojos nuevos y con un corazón nuevo a cualquier prójimo que pase a nuestro lado
y cualquier ocasión que nos ofrezca la vida diaria. Y por dondequiera que
pasemos (familia, colegio, lugar de trabajo, hospital, etc.), nos sentiremos
empujados a ser dispensadores de este amor que es propio de Dios y que Jesús
trajo a la tierra, el único capaz de transformar el mundo.
Chiara Lubich
1 comentario:
Que rotundidad las de estas palabras: sí amamos a los que nos aman ¿qué mérito tenemos? Y es el único camino para conocer a Dios y la gran novedad del amor cristiano; un amor capaz incluso de amar a los enemigos. Un amor que además da sentido a nuestra vida, nos hace libres de apegos y afectos. Un amor así da valor a la existencia, nos realiza.
Publicar un comentario