«A nadie le debáis
nada, más que el amor mutuo;
porque el que ama
ha cumplido el resto de la ley» (Rm
13, 8).

Partiendo de aquí, pasa a
hablar de otra deuda más difícil de entender: la que, según la consigna que nos
dio Jesús, tenemos ante cualquier prójimo nuestro: el amor mutuo en sus
distintas expresiones: generosidad, premura, confianza, aprecio recíproco,
sinceridad, etc. (cf. Rm 12, 9-12).
«A nadie le debáis nada, más que el amor
mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley».
Esta Palabra de vida nos
subraya dos cosas.
Ante todo, se nos
presenta el amor como una deuda, es decir, como algo ante lo cual no podemos
quedarnos indiferentes, que no podemos posponer; como algo que nos empuja, nos
apremia, que no nos deja tranquilos mientras no la paguemos.

En segundo lugar nos dice
que el amor mutuo es el motor, el alma y el fin al que tienden todos los
mandamientos.
De ahí que, si queremos
cumplir bien la voluntad de Dios, no nos podamos contentar con una observancia
fría y jurídica de sus mandamientos, sino que habrá que tener siempre presente
el fin que Dios nos propone a través de ellos. Por ejemplo, para vivir bien el
séptimo mandamiento no podremos limitarnos a no robar, sino que nos tendremos
que comprometer seriamente en eliminar las injusticias sociales. Sólo así
demostraremos que amamos a nuestro semejante.
«A nadie le debáis nada, más que el amor
mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley».
Entonces, ¿cómo vivir la
Palabra de este mes?

Si, como dice san Pablo,
el amor mutuo es una deuda, habrá que tener un amor que sea el primero en amar,
como hizo Jesús con nosotros. Es decir, será un amor que toma la iniciativa,
que no espera, que no da largas.
Actuemos así durante este
mes. Tratemos de ser los primeros en amar a cada persona que nos encontramos, a
la que llamamos o escribimos o con la cual vivimos. Y que nuestro amor sea
concreto, que sepa entender, prevenir, que sea paciente, confiado, perseverante
y generoso.
Nos daremos cuenta de que
nuestra vida espiritual dará un salto de calidad, ¡por no hablar de la alegría
que nos llenará el corazón!
Chiara Lubich
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