«Respondió Jesús y le dijo: "el que me ama guardará mi palabra, y
mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos
morada en él"» (Jn 14,23).
Jesús está dirigiendo a los discípulos sus
importantes e intensas palabras de despedida y, entre otras cosas, les asegura
que lo volverán a ver porque se manifestará a quienes lo aman.

Jesús, en cambio, contesta que su manifestación no
sería ni espectacular ni externa. Sería una sencilla, extraordinaria "venida"
de la Trinidad al corazón del fiel, que se hace realidad donde hay fe y
amor.
Con esta respuesta Jesús precisa de qué modo Él
permanecerá presente entre los suyos después de su muerte y explica cómo será
posible tener contacto con Él.
«Respondió
Jesús y le dijo: "el que me ama guardará mi palabra, y
mi Padre lo
amará, y vendremos
a él y haremos morada en él"».
Así pues, su presencia se puede realizar ya desde
ahora en los cristianos y en medio de la comunidad; no es necesario esperar al
futuro. El templo que la acoge no es tanto el que está hecho de paredes, sino
el corazón mismo del cristiano, que se convierte así en el nuevo sagrario, en
la morada viva de la Trinidad.
«Respondió
Jesús y le dijo: "el que me ama guardará mi palabra, y
mi Padre lo
amará, y vendremos
a él y haremos morada en él"».

Es el amor a Jesús.
Un amor que no es mero sentimentalismo, sino que se
traduce en vida concreta y, de un modo más preciso, en guardar su Palabra.
A este amor del cristiano, verificado por los
hechos, Dios responde con su amor: la Trinidad viene a habitar en él.
«Respondió
Jesús y le dijo: "el que me ama guardará mi palabra, y
mi Padre lo
amará, y vendremos
a él y haremos morada en él"».
“... guardará mi palabra".
Y
¿cuáles son las palabras que el
cristiano está llamado a guardar?
En el Evangelio de Juan, "mis palabras"
son muchas veces sinónimo de "mis mandamientos". El
cristiano, por lo tanto, está llamado a cumplir los mandamientos de Jesús. Pero
éstos no se deben entender como un catálogo de leyes. Es necesario, más bien,
verlos todos sintetizados en lo que Jesús quiso mostrar con el lavatorio de los
pies: el mandamiento del amor recíproco. Dios pide a cada cristiano que ame al
otro hasta la donación completa de sí mismo, como Jesús ha enseñado y ha hecho.
«Respondió
Jesús y le dijo: "el que me ama guardará mi palabra, y
mi Padre lo
amará, y vendremos
a él y haremos morada en él"».
Y
entonces, ¿cómo vivir bien esta
Palabra? ¿Cómo llegar hasta el punto en que el Padre mismo nos ame y la
Trinidad habite en nosotros?
Poniendo en práctica con todo nuestro corazón, con
radicalidad y perseverancia
el amor recíproco entre nosotros.
En esto, principalmente, el cristiano encuentra
también el camino de esta profunda ascética cristiana que el Crucificado exige
de él. Es precisamente el amor recíproco el que hace que florezcan en su
corazón las distintas virtudes y es con él como se puede corresponder a la llamada a
la propia santificación.
Chiara Lubich
No hay comentarios:
Publicar un comentario